
�Es usted Jes�s?
Monday, April 23, 2018
*Msgr. Jos� Luis Hernando
Llegó un grupo de hombres de negocios al aeropuerto. Venían de una convención de vendedores. Todos habían prometido a sus esposas que llegarían a tiempo para cenar con ellas el viernes por la noche. Pero la convención se prolongó más de lo planeado y llegaron con los minutos contados para abordar el avión. Todos ellos iban con sus maletines y portafolios corriendo a más no poder por los pasillos.
De repente, sin pensarlo ni quererlo, uno de los vendedores tropezó con una mesa que tenía una canasta de manzanas. Las manzanas salieron volando por todas partes. Sin detenerse ni mirar para atrás, los vendedores siguieron corriendo, llegando con el tiempo justo para poder abordar el avión. Entraron todos, menos uno. Este se detuvo, respiró hondo y experimentó un sentimiento de compasión por la dueña del puesto de manzanas. Les dijo a sus amigos que siguieran viaje sin él y le pidió a uno de ellos que, al llegar, llamara a su esposa y le explicara que él llegaría un poco más tarde en otro vuelo.
Luego regresó a los pasillos de la terminal y se encontró con todas las manzanas tiradas por el suelo. Su sorpresa fue enorme, al darse cuenta que la dueña del puesto era una niña ciega. La encontró llorando desconsolada, mientras abundantes lágrimas corrían por sus mejillas. La pobre niña tanteaba el suelo, tratando en vano de recoger las manzanas; mientras la multitud pasaba, vertiginosa e indiferente, sin detenerse ni impórtales la desgracia de aquella niña ciega.
El hombre se arrodilló con la niña, recogió todas las manzanas y las colocó en la canasta; También le ayudó a montar el puesto nuevamente. Mientras lo hacía se dio cuenta que muchas manzanas estaban golpeadas y magulladas. Cuando terminó, sacó sus cartera y le dijo a la niña: “Toma, por favor, estos cien dólares por el daño que te hemos hecho. ¿Estás bien?”
Ella llorando asintió con su cabeza. El continuó diciéndole: “Espero que no te hayamos arruinado el día?”
Al mismo tiempo que nuestro hombre comenzó a alejarse, la niña le gritó: “Señor…”
El se detuvo y miró aquellos ojos ciegos y ella le hizo esta pregunta. “¿Es usted Jesús?”
El se paró en seco y dio varias vueltas, antes de dirigirse a abordar otro vuelo. La pregunta de la niña ciega le quemaba el corazón y hacia vibrar sus sentimientos:
¿Es usted Jesús?
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