By Archbishop Thomas Wenski - The Archdiocese of Miami
"Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados".
Nos reunimos para despedir al Padre Fernando Heria, quien dedicó su vida a la búsqueda de la verdad, primero ante los tribunales y luego frente al altar. Su transición de las leyes humanas a la Ley de Dios no fue un cambio de dirección, sino una profundización de su compromiso con la justicia y la dignidad humana.
Como abogado, el Padre Heria entendió que la ley es una herramienta para proteger al vulnerable. En la sala del tribunal, Fernando buscó justicia. Sabía que las reglas existen para proteger a los vulnerables y mantener el orden. Pero también reconoció los límites de la ley. Comprendió que, si bien la ley puede obligar a un comportamiento, solo la gracia puede cambiar un corazón. Al igual que San Alfonso María de Ligorio —abogado antes de ser sacerdote—, Fernando comprendió que el "caso" más importante que jamás manejaría sería la reconciliación de un alma con su Creador.
Así, escuchó un llamado que iba más allá de los códigos civiles: el llamado a sanar no solo las injusticias externas, sino también las heridas del alma. Al dejar la toga por el alba, llevó consigo el rigor de la razón, la elocuencia de la palabra y, sobre todo, un profundo sentido de equidad.
El trabajo de un abogado suele ser mediar y encontrar una salida cuando hay conflicto. Como sacerdote, Padre Heria asumió el papel del mediador supremo. Se situó en el altar, tendiendo un puente entre lo divino y lo humano. Cambió la hora facturable por la hora eterna, descubriendo que el tiempo más valioso era el que se regalaba en el confesionario o junto al lecho de un moribundo.
En el confesionario y en el púlpito, Padre Heria demostró que la verdadera justicia es inseparable de la misericordia. Su vida fue un testimonio de que el orden legal y el amor cristiano pueden caminar de la mano en busca del bien común.Dicen que un buen abogado conoce la ley, pero un gran abogado conoce al Juez. Padre Fernando fue un gran abogado —y un gran sacerdote—, pues conoció al Juez Divino, Jesucristo.
Mi más sincero pésame a su madre que lo sobrevive, a su hermana, a sus hermanos sacerdotes y a todos los fieles que lloran su desaparición. “El gordito”, como sus amigos le llamaban, fue un sacerdote entregado y sencillo. Y siempre estuvo orgulloso de sus raíces cubanas, él decía que era “un cura guajiro”.
Hoy le decimos al Señor: "Gracias por habernos dado a este hombre como hermano y padre espiritual". Gracias por los años que dedicó a los fieles de Saint Brendan como su párroco y luego a los miles de peregrinos como rector de la Ermita de la Caridad. Y le pedimos que purifique cualquier fragilidad humana que haya quedado en él, para que brille con la luz que no tiene fin.
Hoy, entregamos sus restos a la tierra y su alma al Padre Celestial. Que aquel que defendió causas justas en la tierra sea ahora recibido en la asamblea de los santos, donde ya no hay leyes escritas en papel, sino solo la ley eterna del amor.
Ponemos el alma del Padre Fernando Heria bajo el manto de María, Virgen de la Caridad y Reina de los Apóstoles. Ella, que acompañó a Jesús hasta la Cruz, acompaña hoy a este fiel servidor hasta el umbral del Paraíso.