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El largo y fatigoso viaje por la región del Uribá antioqueño había culminado felizmente. A pie y a lomo de mula, siete valientes mujeres y un pobre indio que les servía de guía y de peón, han llegado por fin a Dabeiba. Para lograrlo han abierto senderos a través del espeso muro de la selva tropical, desafiando ríos inquietos, enfrentado parajes desconocidos de sofocante clima, repleto de peligrosas fieras. Han llegado al corazón de la selva colombiana para enseñar el Evangelio y catequizar a los indios, con las sencillas armas de su humilde testimonio y su bondadosa entrega a los más marginados de su tiempo.

Laura Montoya Upegui no se ha dejado derrotar por los prejuicios y las limitaciones de una Iglesia y una sociedad que no veía con buenos ojos que un grupo de mujeres solas se embarcaran en aquella aventura misionera “como si fueran cabras salvajes”, internándose en aquellas tierras aparentemente olvidadas de Dios.

Laura Montoya nació el 26 de mayo de 1874, en Jericó, ciudad situada al suroeste del Departamento de Antioquía, en Colombia. La menor de tres hermanos muy pronto experimentó la destrucción de su entorno familiar cuando su padre, un defensor de los débiles,  reconocido creyente, médico y reputado comerciante, fue asesinado cuando Laura contaba con solo dos años de edad. Todos los bienes familiares fueron saqueados y la familia quedó en el más absoluto desamparo.

Como San Francisco, Laura tuvo por constante compañera a la pobreza. Por gestiones de un familiar logró ingresar en un colegio para niñas adineradas en Medellín, pero allí no fue bien acogida; se fue a vivir en el manicomio donde una tía suya era la directora. Gracias a una beca pudo graduarse de maestra en 1893. Enseñó en varios planteles hasta llegar a ser directora de un prestigioso colegio católico, que tuvo que ser clausurado a causa de una feroz campaña de descrédito organizada por un conocido escritor anticlerical de entonces.

Santa Laura Montoya: Misionera de la Misericordia

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Santa Laura Montoya: Misionera de la Misericordia

La encíclica Lacrimabili statu Indorum del papa Pío X, que pedía a los obispos de América Latina “poner remedio a la miserable condición de los indios”, fue el detonante que encendió definitivamente la pasión de Laura Montoya por la urgencia de la misión entre los indios de su tierra colombiana. De inteligencia muy adelantada a su tiempo, Laura Montoya no compartía la idea de aquellos que pensaban “que la catequización debía principiar por hacer que los indios boten la paruma para vestirse el pantalón, que olviden su lengua primitiva para reemplazarla por la castellana, que destruyan sus bohíos y que se alojen en casas, que se les arranque con la fuerza de un mandato o con la disciplina marcial, sus tradiciones y costumbres para que adopten lo que ven con horror en aquellos que con más o menos responsabilidad han causado la ruina casi total de su raza. Esto, sobre imposible, es cruel”.

La pasión de esta mujer por la evangelización de los indígenas se estrelló una y otra vez con la indiferencia de algunos importantes prelados y con la falta de visión de las congregaciones religiosas femeninas a las que intentó ganar para esta labor misionera. No estaban preparadas, ni dispuestas a trabajar en las inhóspitas selvas del Urabá.

Por eso Laura concibe entonces un nuevo modelo de comunidad religiosa capaz de ponerse a la altura del indígena, de los negros y de los marginados; que quiera vivir como ellos, día a día dispuesta a compartir su entorno, guiada siempre por la caridad; con la fuerza que da el testimonio de la pobreza compartida, la sencillez y la bondad de una vida humilde, que no pretende sacar beneficios sino que se pone a disposición de los más pequeños de sus hermanos.

Laura sale en busca de otras mujeres que quieran compartir el ideal de ser “misioneras catequistas de los indios”. Logra reunir a otras cinco misioneras y completa el grupo con su propia madre, que, aunque fuerte todavía, contaba ya con 78 años de edad. Para costear esta primera ventura confecciona y vende manualidades, collares, espejos y todo lo que puede conseguir. Providencialmente cuenta con la aprobación del obispo de Santa Fe de Antioquía, que le ofrece apoyo y ayuda económica.

Después de tropiezos y dificultades salen desde Medellín hacia la selva, a la que llegaron el 14 de mayo de 1914. Los indígenas, acostumbrados a los malos tratos del blanco, no sabían qué esperar de aquellas mujeres caídas del cielo. Pero poco a poco la misión fue dando frutos cuando estos vieron como ellas no sólo venía a instruirlos en la fe cristiana sino sobre todo a tratarlos como a iguales, como seres humanos con derecho a la dignidad y al respeto. Así las misioneras incomodaron a muchos gamonales que ya no pudieron abusar de los indios, apoderándose de sus tierras.

Pasado un tiempo, el obispo recomendó a las misioneras que se convirtieran en una comunidad religiosa con el nombre de Misioneras de María Inmaculada y de Santa Catalina de Siena. De ahora en adelante Laura Montoya será la Madre Laura de Santa Catalina de Siena.

La Madre Laura rompe todos los modelos preestablecidos que determinaban el quehacer de las religiosas en Latinoamérica. Prueba que ellas pueden emprender iniciativas para la promoción social y religiosa de los indígenas; que la femineidad no es un obstáculo sino una riqueza para llevar el Evangelio a los más pobres.

Las religiosas se integran con firmeza en el modo de vivir de sus evangelizados, aunque no es nada fácil para gente de ciudad adaptarse a la soledad y los peligros propios de la selva. La Madre Laura se dirige a Uré, donde le ha dicho un viejo indio que “hay muchas almas que no saben de Dios nada”. Allí funda otra casa en un viejo edificio que le ofrece el obispo de Santa Rosa de Osos. Luego viaja hasta la región del Sarare y así la congregación se fue extendiendo no solo dentro de la gran Colombia, sino también a Ecuador, Venezuela, hasta llegar a 19 países en tres continentes.

Prolífica escritora, la Madre Laura recibió la Cruz de Boyacá en categoría de Caballero, otorgada por la presidencia de la república, en 1939.

La Madre Laura extiende su carisma a los negros y mestizos que malviven duramente a la orilla de los ríos, aislados y desamparados también por parte de la Iglesia. Estableció para atenderlos casas misioneras, en medio de enormes dificultades y sufrimientos por la actitud de algunos sacerdotes y obispos poco propensos a ofrecer ayuda espiritual en estas mínimas casas de misión que sostenían las hermanas.

La Madre Laura murió el 21 de octubre de 1949 a los 75 años de edad, de los que nueve de ellos lo pasó en una silla de ruedas, con el cuerpo hinchado y llagado, acuciada por dolores fortísimos, pero con ánimo para consolar a las hermanas y a todo el que venía a visitarla.

San Juan Pablo II la proclamó Beata en el 2004; Benedicto XVI anunció su canonización, que celebró en el 2013 el Papa Francisco en la Plaza de San Pedro, con la asistencia de una nutrida representación del gobierno colombiano encabezada por el presidente de la república.

Santa Laura Montoya es la primera hija canonizada del pueblo colombiano; ella, desde la gloria de los cielos, nos sigue invitando, en palabras del Papa Francisco, “a irradiar la alegría del Evangelio con la palabra y el testimonio de vida allá donde nos encontremos”.


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